Los que esperan por ti

Post image for Los que esperan por ti

     Yo he sido un niño maltratado.

     Pertenezco a una familia de siete hermanos (tres hermanas y cuatro hermanos). Todos sufrimos de pequeños, junto a mi madre, la violencia y crueldad de mi padre, los celos infundados hacia ella, que siempre culminaban en grandes broncas en las que sólo hablaba él, gritaba él, y mi madre intentaba defenderse, defendernos.

     Cada día, cada mes, cada año de toda mi infancia, mi visión familiar era vernos por el suelo, llorando, lanzando alaridos, unos intentando separar a mi padre de mi madre, otros intentando huir de él, mi madre interponiéndose entre sus manos abiertas y nuestros pequeños rostros (tengo una imagen fija en el recuerdo de mi madre frenando en lo alto una silla que mi padre levantaba hacia nosotros), un mar de seres humanos náufragos, el perro ladraba, ladridos tristes, enloquecido también.

     Y los vecinos nunca venían. Eran los años 70. Echo ahora la vista atrás y me sorprende recordar que nunca fue nadie, cada día con el tronar de gritos, a tocar nuestra puerta, a ver qué ocurría. Nuestra puerta.

     Personalmente, no quería crecer. Los demás niños, en el colegio, decían desear ser, de mayores, uno bombero, otro astronáuta, otro policía, otra enfermera. Pero yo no quería ser nada. No quería desarrollarme. El sólo hecho de pensar en mí como adulto, entre otros adultos, me generaba un nudo en el estómago y me producía una angustia sin fin, veía mi futuro envuelto en una cerrada oscuridad.

     Me decía internamente: “tengo que hacer lo posible por no crecer, por “no llegar allí”.  Tenía los ojos tristes.

     Me recuerdo contemplándome en el espejo examinando mi desangelada mirada, la marchita luz de mi semblante, y tantas veces no bajé a la calle a jugar por temor a contagiar mi tristeza a otros niños.

     Eso marcó mi infancia. Me encerraba en mi cuarto y me ponía a dibujar a mis héroes, Mázinguer Z, El Corsario Negro. En esa soledad tan temprana, en todas las oscuridades en que mi padre me encerraba cuando decía que “me portaba mal” -me encerraba en la oscuridad porque era lo que yo más temía-, me hice poeta: la Musa me visitó en la Tristeza, y ahora es mi siempre compañera.

    He visto esa opacidad y herida sin consuelo de mis ojos de infancia en tantas otras miradas, hoy ya adulto, en tantos seres. En toros rodeados por los matarifes en los ruedos, iluminadas sus solitarias penas fuertemente por el sol, en cerdos hacinados en compartimentos de los mataderos, sucios hasta las orejas con sus propias heces, antes de ser colgados sangrantes del oxidado gancho, en perros perdidos por las calles, que andan rápido sin saber qué buscar ni a dónde les llevan sus asustadas piernas, las ciudades tan inmensas y vacías para ellos, los grises edificios tan altos, las personas tan lejanas…

     Y tantas puertas cerradas, rejas, filas de barrotes, como la de nuestra casa, donde tras ellas ocurre el dolor sordo, y nadie toca a la aldaba paralizada.

     Mi experiencia con el dolor continuado, como víctima de la violencia, es que lo peor de ser golpeado y humillado no es la herida física infligida, ni tan siquiera la psíquica -que permanece para siempre-, sino la soledad, el gélido desamparo ante la certeza de que nadie va a ayudarte, que estás cósmicamente sólo frente a tu verdugo, eternamente.

     He llorado internamente al ver las manifestaciones contra la violencia, a los manifestantes con altas pancartas blancas pintadas con letras rojas contra la tauromaquia, contra la violencia machista, a favor de las minorías étnicas, he sentido un tifón que giraba su felicidad en mi pecho porque he oído que por fin alguien tocaba a nuestra puerta aquella, para interponerse, para mostrar el amor.

     Con cuantos, ya sea en solitario o de la mano de un grupo, se yerguen en defensa del que, por encontrarse en inferioridad de condiciones, es martirizado por otro que circunstancialmente golpea desde un lugar más alto, y esta víctima no puede defenderse porque, como los animales no humanos, ni sería entendido ni escuchado, me he sentido inmediatamente hermanado y reconfortado.

     El mundo no es peor por todos aquellos que propalan herida y amargura, sino por los que guardan silencio ante un grito, ante el ruido de un golpe de un ser a otro, ante la sangre derramada que a veces es la imagen más triste que se puede ver en esta tierra. Es mucho peor, este lugar, por los que deciden mirar a otro lado y seguir el paso cuando ven que un ser vivo de esta tierra es humillado ante sus ojos.

     Si inclina humillado la cabeza un inocente ante un verdugo, todos agachamos la cabeza con él, humillados. Y si el verdugo ante nuestras miradas deja caer sus puños, sus armas blancas, los disparos de sus fusiles o cañones, sobre su víctima o víctimas, todos somos el verdugo, la fuerza de su golpe, cada gota de la sangre que su agresión hace fluir bajo la luz del sol, y hasta su sotana y capucha, cada centímetro negro de su alargada sombra: siempre somos, en negativo, aquello que quisimos hacer y no hicimos.

     Violencia nunca actúa sola. Siempre va acompañada de su hermano Silencio, que es toda su fuerza. Los que callan, los que aprietan los labios ante la injusticia, conforman el nervio y el vigor del golpe de Violencia. Y más alta y continuada y lesiva es su cólera cuantos más callan, cuantos más permiten sus siegas en los prados de la felicidad.

     Ahora sé que de pequeño no sólo me pegó mi padre sino, también en cierta forma, todos aquellos que no se interpusieron.

     En la letra de la canción “Llora Britches”, dedicada a un mono que utilizaron en un laboratorio de experimentación, produciéndole ceguera inducida para ver sus efectos en la psicología del animal, que sufría esa terrible oscuridad antinatural, atado y encerrado durante largo tiempo, digo -en boca del mono-: “Y no llegas tú”. El ser sufriente, en la canción, reclama, con inmenso amor, que “otro, llegado del amor”, del amor del mundo, venga en su ayuda para liberarlo del dolor y el reo pueda ver el orbe de nuevo, el sol, los campos verdecidos de su vida, sentir de nuevo el viento.

     Hay tantos que, como Britches, esperan esa mano amiga, ese “tú” simbólico del amor, que nunca llega, que hable por él, que lo defienda, que lo libere, al fin, de la violencia. No es el verdugo el que importa, para el vilipendiado, no es el opresor, el asesino. Importa el que ha de venir, el amor idílico, la justicia que todos llevamos en el corazón, la esperanza, que para los heridos solitarios casi nunca llega.

     Por mi parte, mientras haya un sólo ser que sueñe con que llegue alguien a liberarlo del dolor, para volver a su vida de paz, yo no tendré paz.  Mientras haya un solo ser que no tenga amor, y sueñe con el amor, yo lucharé por ese amor.

     Y detendré mis pasos ante todas aquellas puertas frías como la nieve tras las que se siente algún corazón, de humano o de animal, llorando en silencio. Y tocaré fuertemente a sus paralizadas aldabas. Y las abriré.

Autor: Ángel Padilla

Poeta y escritor. Autor de “La guadaña entre las flores”, “Funerales del caballo” (Primer Premio Internacional del II Certamen de Poesía La Garúa), “Mundo al revés” (Premio Ignotus a la Mejor Novela Corta, 2008). Co-Fundador de la Plataforma “Manos Rojas.”