Julen Y Didj

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    Se llamaba Julen. Era un sobrino segundo mío. El chaval sufría de una leucemia desde muy pequeño, habiendo sido sometido a varios tratamientos e incluso a un transplante de médula que no funcionó. Tendría unos 10 años y una mentalidad que ya quisieran unos cuantas personas de más de 30 que conozco. Su principal hobbie era dibujar animales a carboncillo.

     A veces me solía enseñar orgulloso sus obras, de una calidad exquisita para un niño de su edad, incluso para un adulto estudiante de Bellas Artes. Al parecer también su virtuosismo era impropio para su edad. Su máxima ilusión era tener un perro. Siempre que me veía me solía decir: ” Cuando mi madre me deje, me podrías conseguir un perro, me da igual de qué raza, solo quiero un perro”.

     Iba pasando el tiempo mientras yo desatendía deliberadamente su petición dadas las circunstancias, hasta que un día su madre me llamó y me contó desconsolada que Julen cada vez iba a peor, que no lograba remontar su situación y que habían decidido dejarle tener ese amigo tan ansiado por él, tal vez como último deseo.

     Casualmente, esa misma tarde recibí otra llamada, de una amiga que hacía tiempo que no veía ya que se había mudado a Holanda. Johanna, que así se llamaba mi amiga, me pidió desconsoladamente que buscase un hogar para Didj, una perrita de raza Border Collie, que se había traido de Holanda pero no podía mantener aquí en su casa de Euskadi. Creí ver una señal, algo que me empujó a programar una cita en casa de Julen, con su familia, Johanna y Didj.

     Nunca olvidaré la reacción de la perra nada más entró en la casa. Se separó de su querida dueña, pasó delante mío sin darme tiempo a la caricia de rigor que necesito hacer a todo bicho que se cruza conmigo. Atravesó la cocina pasando junto al padre, la madre, la abuela y el hermano de Julen sin prestarles la más mínima atención y se sentó directamente a los pies del chaval.

     Parecía haber entendido cuál era su misión, cuidar de su nuevo e inseparable amigo. Apenas dedicó una mirada de despedida a Johanna antes de que esta se marchase tras una hora de conversación con la familia, una mirada sin tristeza ni rencor, solamente de aceptación de su nuevo dueño.

     A partir de ese día, Julen cambió por completo: salía con Didj ( abreviatura de didjiridou, instrumento australiano) cada día a pasear, iban al campo, al parque…la madre de Julen se quejaba de que no le dejaba solol ni para ir al baño. El estado de Julen mejoraba por momentos, aunque nadie se atrevía a relacionarlo con Didj, pero lo cierto era que tanto analítica como sobre todo anímicamente, era otro chaval. Había recuperado las ganas de vivir, e incluso parecía que esa maldita enfermedad se había olvidado temporalmente de él.

     A veces Johanna quedaba con ellos dos para dar un paseo y Didj se mostraba agradecida y le saludaba alegremente sin perder de vista con el rabillo del ojo a su nuevo amigo. Todo iba genial, demasiado genial.

     Un triste día recibí la noticia de que Didj había sido atropellada muriendo en el acto sin poder hacer nada por su vida. Julen se vino abajo, dejó hasta de pintar, ya no quería salir y sus parámetros sanguíneos comenzaron a confirmar lo que ya externamente se apreciaba: la leucemia había vuelto a por él.

     Poco más duró el pobre Julen, semanas, quizás algún mes, hasta que sucumbió a la enfermedad.  No sé si Didj resultó una cura milagrosa aunque temporal para él, ni si su pérdida supuso su sentencia de muerte, pero lo que sí sé es que Julen vivió feliz con ella y se olvidó de que era un niño enfermo. Conoció la amistad verdadera, la del amigo que no se separa de tu lado bajo ninguna circunstancia, la de la lealtad incondicional. Corrió, rió y disfrutó de su amiga hasta el último día.

     No sé si existirá algo después de la muerte, pero quiero pensar que si realmente lo hay, Julen y Didj estarán allí disfrutando juntos.

 

Autor: Alfonso Bañeres de la Torre.

Médico veterinario en el Centro de Recuperación de Fauna Silvestre de Ilundáin y Clínica Veterinaria “Burlada” (Navarra).