Ecofeminismo y Amor

Artículo publicado en la revista Eco-Eco, Primavera 2011, pag 36-37

     Nos cuentan que el feminismo es lo contrario del machismo y con esa mentira entierran la historia de todas las mujeres que alguna vez empeñaron sus vidas en una de las causas más justas por las que se puede luchar: el igual derecho de todos los seres humanos, sin distinción de su sexo. Y así calman los temores de quienes no se atreven a ser inconformistas.

     Nos cuentan que el ecologismo es un movimiento de idealistas, hippies, o en el peor de los casos, débiles inadaptados a un mundo en el que los fuertes, que suelen ser los que menos se interesan por los demás y más lo hacen por ellos mismos, monopolizan la imagen no sólo del triunfador, sino también del ciudadano estándar.

     Nos cuentan que el amor es un efecto colateral del sexo y con ello silencian el amor de la paz, del entendimiento, del abrazo, del agradecimiento a la Tierra, y con ello matan aquella parte de nosotros que nació para buscar la conciliación con su propia esencia, el reconocimiento de sí misma en el otro.

     Todo lo que nos cuentan con insistencia, como si tuvieran miedo de que pensáramos lo contrario, hace que la palabra ecofeminismo suene incomprensible, y que la sospecha de lo puede ser no se asocie automáticamente con el amor; porque lo que nos cuentan confirma esa parte de la realidad en la que diferencia, jerarquía e intolerancia bailan juntas en un caos de símbolos que nos atontan y nos convierten en zombis, es decir, seres en los que ya ha muerto la única fuerza que nos define como seres libres, la voluntad firme de reafirmarnos a través de una comprensión positiva del mundo, y eso es algo que no se puede hacer sin amor.

     Vandana Shiva y Maria Mies, máximas representantes del ecofeminismo, nos impulsan a un cambio radical de valores en dirección a esa libertad que sólo puede emanar de la conciencia de las necesidades del otro y del equilibrio con la naturaleza como principios básicos de la vida, notando que todos los tipos de discriminación y explotación convergen y señalan una misma causa: la intolerancia hacia lo que representa una diferencia, unida al interés por extraer un beneficio de esta diferencia.

     Para alcanzar este cambio nos proponen sustituir la tradicional centralidad de la competitividad, la agresividad y la lucha, por la lógica de la empatía, el cuidado y la justicia. Desde estas premisas señalan que “una perspectiva ecofeminista propugna la necesidad de una cosmología y una nueva antropología que reconozcan que la vida en la naturaleza (que incluye a los seres humanos) se mantiene por medio de la cooperación, el cuidado mutuo y el amor.”

     La postura de estas ecofeministas defiende que ninguna sociedad podrá sobrevivir, al menos de forma satisfactoria, si no cuida las relaciones humanas, garantizando la diversidad sin discriminación, ni cuida el medio ambiente. Para Shiva y Mies, la violencia contra la naturaleza y contra las mujeres tendría una única raíz, la destrucción e instrumentalización del principio creador de vida o principio femenino, algo que se acentúa en el medida en que el capitalismo avanza convirtiéndolo todo en mercancía. De ahí que las mujeres, principales sustentadoras de vida de la sociedad, tengan un papel protagonista en esta causa. Vandana Shiva toma como ejemplo el movimiento Chipko, un importante movimiento ecologista dirigido por mujeres. Esta organización empezó a gestarse a finales de los años 40 cuando cuatro mujeres activistas se reunieron para trabajar juntas en la recuperación del bosque del Himalaya, amenazado por la explotación para fines comerciales por parte de empresas extranjeras, que propiciaron la plantación de árboles más rentables que destruían la flora autóctona. Este grupo de mujeres se basaba únicamente en valores ecológicos, recuperando, al tiempo que repoblaban el bosque, conocimientos tradicionales sobre el cultivo y el equilibrio ecológico de la zona.

    Si bien estas mujeres estaban influidas por Gandhi y la lucha iniciada por éste por la independencia de La India desde la no violencia, la filosofía que desarrollaron pretendía ir más allá de los mecanismos políticos, de los principios y conceptos de justicia vinculados al Estado, para abarcar al conjunto total de la humanidad, integrándola a la vez en un círculo perfecto con la naturaleza.

     La organización formal de este grupo en el año 1970 permitió que sus acciones se extendieran a otras muchas provincias de La India. Es a partir de esta época cuando en sus protestas comenzaron a abrazar a los árboles para evitar que fueran derribados y a practicar el ayuno en el bosque. En estas vigilias también leían textos antiguos y discutían el papel de la mujer en la vida de La India. Así lograron detener un gran número de talas de árboles.

     Otro ejemplo de activismo ecofeminista es el movimiento Cinturón Verde, por el que Wangari Maathai recibió el Premio Nobel de la Paz en 2004, reconociéndole su extraordinaria labor de reforestación de Kenia, así como su contribución a un mayor desarrollo de la democracia y el bienestar de las mujeres africanas.

     La denuncia de un sistema de dominación todavía vigente es lo que vertebra las acciones de las mujeres y hombres ecofeministas. Esta dominación, plasmada en la explotación estructural de seres humanos, animales y naturaleza, queda formalmente legitimada por una cultura que históricamente ha prescrito nuestro lugar en el mundo y la función de las cosas. Pero la función de los que no son como nosotros no puede estar limitada a nuestros intereses, ese es el mensaje de Alice Walker cuando nos dice que “los animales del mundo existen por sus propios motivos. No han sido hechos para los humanos así como tampoco la gente negra para los blancos, ni las mujeres para los hombres. Ni tampoco la naturaleza para la humanidad.”

     El ecofeminismo es, en definitiva, en palabras de Shiva, una política de responsabilidad, amor y compasión, fuertemente conectada con la vida cotidiana de las personas. Es más que un movimiento político, se descubre como una filosofía activa que no sólo pretende reconciliar una humanidad partida por el prejuicio que tradicionalmente ha marcado las relaciones entre los sexos, sino que además pretende reconciliarla con su naturaleza, que es la NATURALEZA, irracionalmente negada, explotada y destruida en el nombre de la superioridad humana. Empezar por cultivar el amor parece ser el único remedio posible para establecer relaciones con el mundo basadas en el respeto, la reciprocidad y la admiración hacia aquellas cualidades que no nos son propias.

     Ecofeminismo y amor son, por tanto, dos nombres para decir lo mismo. Definirse ecofeminista es proclamarse vivo, en un mundo en el que la muerte está mejor valorada. Actuar a favor de la naturaleza es una forma de reivindicar el compromiso de no dejar de amar de la manera en que amabas cuando naciste y no te habían contado nada todavía: abrazando a las personas que te necesitan y necesitas, admirando el movimiento del agua, sonriendo a los animales.

Bibliografía:
Magallón Portolés, Carmen (2006) Mujeres en pie de paz. Madrid. Siglo XXI.
Shiva, Vandana (1995) Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo. Madrid. Edición horas y HORAS.
Shiva, Vandana y María Mies (1993) Ecofeminismo. Barcelona. Icaria Editorial.

 

Autora: Ana Dolores Verdú Delgado.

Profesora e Investigadora de la Universidad de Alicante.
Antropóloga Social y Cultural.
Especialista en Género.
Autora de artículos científicos en materia de relación humana-animal desde las Ciencias Sociales.